capitulo nueve el sueño
Capitulo nueve, el Sueño.
Who can say
where the road goes, Where the day flows, only time, canta Enya. La iglesia de
San Cayetano se levantaba sobre avenida Montevideo. Los ventanales de colores
dejaban pasar algunos rayos de luz, las bancas de madera invitaban al descanso.
Están celebrando una boda. Esta ahí mi esposa. Sonríe. Se ve tan joven. Me
habla y no puedo escuchar lo que dice. Está embarazada. No mames, pensé, estoy
soñando. Es mi boda. Estuve una hora esperando afuera de la iglesia. Pensé que
Anita se había arrepentido, al final llego con su mama y sus tías en la
limusina. Al menos no me dejo plantado.
Ana estaba vestida de blanco. Ahí
estaban sus papas afuera de la iglesia, me estaban dando el abrazo. Si no la
cuidas te parto tu madre. No mames, ni en sueños me respeta el señor. And who can say if your love grows, As your
heart chose, only time, canta Enya. Por supuesto que no era esta la
canción de la boda, pero que chingados, es mi sueño. Ana sonreía, yo estaba
ausente. Ausente y crudo, una noche antes había estado en un bar del centro.
¿Cómo te llamas? Mimí. ¿Mimí? ahí no mames, ¿Porque? Tu nombre real, Mimí, no
mames. Hasta en el sueño soy un desmadre. Ana me mira y se acerca, se ve tan
guapa, morena claro, ya no recordaba que fuera tan bonita. Que pronto pasa la
vida. Ahí está Héctor, pinche Héctor, me gustaría reclamarle, como se atrevió a
decirle a Ana que la estoy traicionando. Lo creía mi amigo. Se acerca. Me va a
dar el abrazo el cabrón. ¿Porque me traicionaste? Te ríes, que cabrón eres.
Héctor me abraza. No mames. Estoy llorando, que pendejo. Me seco las lágrimas,
pinche Héctor, que poca madre.
Ahí está de nuevo tu papa. Me mira y
me quiere decir algo, yo creo que me quiere partir la madre. Me hago pendejo y
me escabullo hasta los baños de la iglesia. Encuentro a Héctor. Héctor,
ayúdame, me siento crudísimo. No mames pinche Javier, traes un desmadre. Que
cabrón eres. Eso mismo me dijiste en mi oficina, siempre he sido un desmadre ya
sabes. Mira si me vas a dar un sermón. Héctor saca unas pastillas. Pinche
Héctor, que cabrón eres sabía que no me podías fallas amigo. Gracias. ¿Qué
pastillas eran esas? Mejor no preguntes, contesta Héctor. No seas cabrón. Oye,
un favor más. El que quieras Javier, es tu boda hermano. Consígueme chamba. ¿Qué
sabes hacer? Pues soy bueno negociando, tú sabes. Ve el lunes a la oficina.
¿Dónde está? Avenida Juárez. Es una oficina de Cienciología. ¿Qué es eso?,
pregunte. Héctor no contesto.
Deberás amarla y respetarla, cantaba
el padre. Me siento con dolor de cabeza, pensaba para mí, desvelado. Así en la
salud, si, como en la enfermedad, apuro la frase. Como en la enfermedad, dice
el padre. Nadie aquí da algo de beber, pienso. Debo estar bañado en sudor. Ana,
frente al padre, me mira emocionada. Anita, si supieras que anoche me estuve con
Mimí. Mimí, que buena estaba, me cae. Bueno Anita, aquí estamos, casándonos,
en este sueño, este sueño que es la vida. Hasta en sueños me caso
contigo, eres el amor de mi vida. Que dices. Mónica. Si, lo sé, Mónica, no creo
necesario decir que no es algo serio. Estas llorando. Las mujeres siempre son
unas sentimentales.
Ante esta comunidad cristiana, dice
el padre. Ahí está la prima de Ana, siempre me gusto, y creo que yo también le
gustaba. Mis suegros no dejan de verme. El señor me odia. Ni crea que le voy a
pedir algo suegro. Héctor ya me va a conseguir trabajo. Javier. Eres un
bueno para nada. Señor. Señor madres. No me señorees, a mí me respetas. Que
paso papa. Nada Anita. Como nada suegro, usted me está acusando. No te acuso,
solo digo lo que eres. Papa. Hija. Papa, que esta sea la última vez que ofendes
a mi prometido. Tuvo que doblar las manos el señor. Bien Anita, lo dejamos en
su sitio. Que representa la iglesia de Dios, os pregunto.
Los anillos, dice el señor cura.
Héctor está ahí, a un lado mío, no mames, olvidaba que él fue mi padrino de
anillos, que mal, como lo pude olvidar. Héctor nos pasa los anillos. Pinche
Héctor, siempre fuiste un adulto, siempre con esos lentes y vestido de corbata.
No mames. Hasta de chavo te tomaste todo muy en serio. Relájate cabrón, soy yo
el que se está casando. Es más, estamos en un sueño. No tienes remedio pinche
Héctor. Dime, de donde sacaste dinero para esos anillos amigo, debiste trabajar
un año entero de becario en esa secta donde trabajas. Por cierto, recuerda que
me dijiste que me vas a conseguir trabajo, no te hagas.
Del lado derecho la familia de Ana,
del izquierdo mis amigos. Una noche antes, en casa de Héctor: Te nos casas
Javier. Pues sí, me atraparon. Ya no vamos a poder echar desmadre, claro que
sí. No creo que te deje Anita. Que suertudo eres Javier. Anita le gustaba a
Héctor, él te la dejo. No mames, a mí no me dejan las viejas. Pues se notaba.
¿Se notaba que? Que le gustaba. Ya tranquilos. Mejor vamos a festejar, dije.
Oye no mames, mañana te casas. Y que, podemos ir un rato. Fuimos al Machos, el
mejor bar nudista de la ciudad, estuvimos ahí hasta muy tarde. Nomás de
acordarme me duele la cabeza, Pinche sueño tan loco. Hola guapos. Hola
preciosa, ¿cómo te llamas? Mimí. Mira Mimí, nuestro amigo se casa mañana. Ah
pues le damos su despedida. Pinche Mimí.
Despierto en el auto. Miro el reloj.
Son las cuatro de la tarde. La camioneta está con el motor encendido y estacionada.
En la mañana apenas la encendí me quede dormido. Apago el motor. Bajo de la
camioneta. Entro a la casa. Todo es silencio. La sirvienta me mira. Va a comer
algo el señor, pregunta. No, le contesto, solo prepárame un café. Subo las
escaleras. Me detengo a la mitad. Regreso. Me siento en un banco de la barra de
la cocina. Saco de mi bolsa un cigarro y lo enciendo. La sirvienta me acerca un
cenicero. Señor, aquí le dejo su café.
Termino mi cigarro, tomo la taza y
vacío de un trago mi café. Subo a mi recamara. Tomo del closet un par de
trajes, tres camisas, una gris, dos blancas. Ropa interior, calzones,
calcetines y camisetas. Tengo frio. Cojo una chamarra de piel y me la pongo.
Toco mi rostro, siento la barba crecida. Entro al baño. Orino. Me miro al
espejo, de repente me veo cinco años más viejo. Que chinga, pienso. Tomo una
maleta y guardo mis cosas, subo también un par de zapatos y un estuche
con mi rasuradora eléctrica.
Bajo las escaleras. Me gustaba esta
casa. Se sentía mucha paz. Es una casa hermosa de dos plantas, una enorme sala
con un piano a un lado. Un patio bañado de sombra rodeado de helechos siempre verdes en las paredes. Más de
veinte años aquí.
Abro la puerta y ya estoy en la
calle. Pongo las cosas en la cajuela de mi camioneta. Pongo mi maleta y guardo
el estuche. Subo al lado del conductor enciendo la camioneta. Miro por último
la casa. Estilo californiano con techos de teja. Esta es la única con estilo
californiano señores, decía el vendedor cuando la fuimos a ver por primera vez.
Que te parece, decía Ana. A mí me cagan las tejas, decía yo. Es bonita, decía ella.
Han pasado veinte años, creo que siempre me gustaron las tejas. Quiero que nos
separemos, dijo Ana en mi mente. Tome un cigarro y lo encendí. Este mundo es de
los arriesgados, creo que gano al irme que quedándome, dije en voz alta. Piso
el acelerador, soy vuelta a la calle y salgo del fraccionamiento.
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