cuentos las lunas
El Regalo
José sacó de la habitación una
bolsa negra. En el patio de tierra había un tambo grande de basura. Tiró la bolsa
en el tambo. Entonces tomó una cubeta, la llenó con agua, puso en ella jabón y
entró de nuevo al cuarto, trapeó lo mejor que pudo. Le pagaban a veinte pesos
la limpieza de cada cuarto; si lo trapeaba eran cinco pesos más. Por limpiar
los baños y la pista no cobraba nada, a cambio de eso doña Chuy le dejaba dormir
en un colchón viejo con manchas de orines. En la mañana le daba de comer huevos
o chilaquiles y por la tarde cocido de res, o pozole, lo que hubiera del día.
Doña Chuy
lo despertaba temprano. José, muchacho flojo ya es hora, son las diez de la
mañana. Su trabajo empezaba con los baños, sacaba los papeles, echaba agua con
cloro y lavaba el piso. Barría y trapeaba la pista de baile, tiraba a la basura
colillas de cigarro, fichas y latas de cerveza.
Le
gustaban las putas. Pasaba tiempo espiándolas por la luz que sale de las
rendijas de las puertas. José ¿que estas mirando?, si sigues haciendo eso vas a
quedar loco, le decía doña Chuy. Todos se reían. Desde el cuarto le gritaban:
José, como no te vayas veras lo que te hago cabrón. Al escuchar estas palabras
él se alejaba, pero más tarde ya estaba espiando el cuarto de otra de las
muchachas.
Solo
Nancy era buena con él. Lo quería a su modo. José, le decía, acércate, ¿quieres acariciar mi pancita? José le tocaba
el vientre ¿No te gustaría?, empezaba Nancy a preguntar. Ya deja a José, interrumpía
doña Chuy, no vayas a querer que él sea el papá de tu hijo. Todos reían. José, a señas le decía que sí, que quería estar
con ella. Oye José, pero, ¿tú tienes con
que pagarme?, él se quedaba serio. Dime ¿dónde guardas el dinero?, nunca sales
de aquí, todas las muchachas te pagamos veinte pesos por limpiarnos diario el
cuarto, yo hasta cincuenta pesos te doy porque dejas todo acomodado. Dime, ¿Dónde
lo guardas? José no dijo nada, se levantó y se fue.
Una noche
llegó un policía. Había bebido durante largo rato. Escondida bajo su panza
guardaba su pistola. Entró a un cuarto con una de las muchachas. Le pidió a
José que les llevara unas cervezas. Así lo hizo José. Les llevó las cervezas. Cobró
cien pesos. El policía le dio cien y veinte de propina. José tomó los billetes.
Guardo el dinero en su bolsa. Permaneció ahí hasta que cerraron la puerta.
Apenas se empezaron a escuchar ruidos se asomó por la rendija. De pronto vio
algo que lo inquieto. Dio media vuelta. Caminó asustado. En la puerta apareció
el policía, traía su pistola en la mano. Te voy a enseñar a no andar de mirón, dijo.
Con su pistola le golpeo en la cara. Nancy, que estaba ahí y vio todo, cubrió a
José con sus manos. Como pudo lo alejó
del policía. Déjamelo, dijo el tipo. No le pegues, ¿qué no ves que es un idiota?
Pues para que aprenda. Nancy se llevó a José a su cuarto, le limpió la sangre,
le quitó la camisa y lo desnudó. Algunos dicen que lo bañó y que hicieron el
amor, otros que nomás se durmieron juntos, la verdad nunca se supo.
José
despertó al día siguiente. Trabajo toda la mañana. Su felicidad le duro todo el
día, hasta que descubrió que su colchón, donde el guardaba su dinero, no estaba
en su lugar. Lo busco. Regresó donde Nancy. Ella no estaba en su cuarto. Sus
cosas también se habían ido. Nancy se fue a su pueblo José, fue a tener a su
hijo. Una de las muchachas dijo: no te hagas tonto que ese niño es tuyo. Todos rieron.
José se sentó y se puso triste. Nancy se había llevado su dinero, pensó. No estés
triste muchacho, dijo doña Chuy, sin saber lo que había ocurrido.
Pasaron
los días y José volvió a trabajar. Limpio los baños: sacó papeles, lavó los
pisos. Después se puso a trapear la pista de baile. Doña Chuy quien en verdad
le tenía afecto se le acercó y le dijo: Que bueno que estás contento muchacho.
Yo te quiero como a un hijo. Escucha: yo tiré tu colchón, estaba lleno de
pulgas y orines; pero este sábado te voy
a regalar uno nuevo en las segundas. José al escuchar eso cayó sentado. Se puso
a llorar. Es un sentimental este muchacho, dijo doña Chuy.
Augusto y Eleonora
Era mediodía. Eleonora despertó.
¿Qué hora es? Es temprano, respondió Augusto, quien tomó su almohada,
cuidadosamente la colocó debajo de la espalda de ella. Por la ventana del
avión podía verse el paisaje. Las colinas llenas de nieve, a lo lejos más
montañas con manchones en verde y ocre y una luz que brillaba sobre ellas,
parecían ser dibujadas por un caprichoso artista. Eleonora emitió un leve
quejido, ¿Aun te duele? Preguntó Augusto. Un poco. Puedes tomar otra pastilla.
¿Aún tenemos? Si, recuerda que la señora del doce nos regaló una caja. Ella hizo
un leve quejido, se incorporó un poco en su asiento. Estaban sentados en la fila
catorce ¿Sabes porque no hay fila trece en los aviones?, dijo Augusto. ¿Por qué
es de mala suerte? Ambos rieron. Oye, y ¿la señora del doce? No querrás
saberlo, se tuvo que ir. Sí, que mal. Olía terrible. Ni lo digas. Ayer en la
noche la sacaron. Hoy ya descansa. ¿Y nosotros?, ¿y yo? Nosotros aquí
estaremos, vamos a llegar a Santiago, y de ahí iremos a la playa. Primero
quiero ir a la iglesia. Sí, podemos ir primero a la iglesia. Sólo debes
prometerme algo ¿Qué? Que cuidaras de tu salud. Sabes que siempre he sido
enfermiza, es de familia, así somos los de Buenos Aires, si algo no nos cae,
pues no nos cae. Lo sé. ¿Soy mucha preocupación para ti? No, porqué lo dices.
Creo que soy una lata. No digas eso. Oye donde están todos. Han salido, están tomando
el sol. Porque no cerraron la puerta, tengo frío. Augusto acomodó una manta en
las piernas de Eleonora. ¿Así está mejor? preguntó. Sí, gracias. Augusto la
besó en la mejilla. Ella se sonrojó. Debería arreglarme un poco. Al menos
ponerme algo en el rostro, debo verme horrible. Eres hermosa. El tocó su
rostro, sus delicados labios, su fina nariz, sus cabellos castaño claro; su piel
de durazno, pálida quizá por la pérdida de sangre.
Por la cabina entró el capitán.
Un hombre de tez morena. Habló: Es hora. Todos están allá afuera. Creo que no
iré, contestó Augusto. Deben comer, ella está muy débil. No importa, me quedare
con ella. ¿Hasta cuándo? Hasta que nos sintamos mejor. Sabes lo que pasara si
empeora. Ni lo piense, eso no sucederá. El capitán miró por la ventana, la
nieve se veía tan cerca, casi se podía tocar. Alguien ha logrado encender un
radio. ¿Alguna noticia? Nada aún, parece que nadie nos estuviera buscando.
¿Acaso se han olvidado de nosotros? El capitán se quedó pensando. Hay algo de
café si gustan venir, logramos hacer una fogata y el sol calienta algo. Recuerden
que por la noche llega la tormenta. Volvió a salir, esta vez no por la puerta,
sino por una ventana del avión. Augusto lo miró. Volteó a ver a Eleonora, quien
ahora dormía.
El sol se ocultó. La oscuridad
inundo todo. Mientras todos descansaban llegó la tormenta. El ruido del viento
se detuvo poco antes de la medianoche. Entonces se escuchó un estruendo, un
fuerte temblor estremeció la nave. Afuera, en la oscuridad las imágenes de la
nieve y las montañas se movían en blanco y negro. Un fuerte alud de tierra,
lodo y nieve se vino encima, entró por todas las ventanas y se tragó todo.
Desapareció. Hubo una pausa. Un silencio. Empezó a nevar.
Amaneció. Era una mañana
esplendida. La montaña estaba pintada de nieve. De la nave nada quedo. Augusto
y Eleonora descansaban. En un sueño. Lejos ya. En Santiago, caminó a la playa.
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