Capitulo nueve La Boda



Recuerdo el día de mi boda. Se escuchaba  una canción de Enya en la iglesia. Who can say where the road goes, Where the day flows, only timeLa misa se celebró en la iglesia de San Cayetano sobre avenida Montevideo. Los ventanales de colores dejaban pasar algunos rayos de luz, las bancas de madera estaban perfectamente alineadas. Recuerdo a Ana, mi ahora esposa. Sonreía. Se veía tan joven. Estuve una hora esperando afuera de la iglesia. Pensé que Anita se había arrepentido, al final llego con su mamá y sus tías en la limusina. Al menos no me dejo plantado.

Ana estaba vestida de blanco. Ahí estaban sus papas afuera de la iglesia, me estaban dando el abrazo. Si no la cuidas te parto tu madre. No mames, ni en sueños me respeta el señor. La música seguía. Se escuchaba la canción por todos los rincones de la iglesia. Ana feliz, yo estaba ausente. Ausente y con una resaca terrible. Una noche antes había estado en un bar del centro. Habia conocido a Mimi. Una chica hondureña que bailaba casi sin ropa. Se llamaba Mimi. Nunca supe su nombre real.

En la boda Ana me miraba y se acercaba a mí, se veía tan guapa, morena claro, ya no recordaba que fuera tan bonita. Trataba de escucharla, pero la música y la gente que entraba a la iglesia me lo impedían. Creo que nunca escuche realmente lo que ella quería. Hubiera sido sencillo sentarme un día y preguntarle: ¿Ana, dime lo que deseas? Nunca lo hice. Que pronto pasa la vida. Ahí estaba Héctor. Serio y sin expresión. Se acercó y me dio un abrazo. No mames. Se me salieron las lágrimas, que pendejo. Me ganó la emoción, pinche Héctor, es mi amigo. Y es que para que son estos momentos, si no podemos pasarlos con nuestros verdaderos amigos.

Ahí estaba de nuevo el papá de Ana. Me miraba y me quería decir algo, yo creo que me quiere partir la madre. Me hago pendejo y me escabullí hasta los baños de la iglesia. Encontré ahí a Héctor.
-       Héctor, ayúdame, me siento que la cabeza me va a estallar.
-       Traes un desmadre. Que cabrón eres.
-       Eso mismo me dijiste ayer, siempre he sido un desmadre ya sabes. –Héctor sacó unas pastillas.
-       Gracias amigo, sabía que no me podías fallar. Dime ¿Qué pastillas eran esas?
-       Mejor no preguntes
-       No inventes. Oye, un favor más.
-       El que quieras, es tu boda.
-       Consígueme chamba.
-       ¿Qué sabes hacer? Pues soy bueno negociando, tú sabes.
-       Ve el lunes a la oficina.
-       ¿Dónde está?
-       Avenida Juárez. Es una oficina de Cienciología.
-       ¿Qué es eso?, pregunte. él no contesto.

“Deberás amarla y respetarla”, cantaba el padre. Me sentía con dolor de cabeza, pensaba para mí, desvelado. “Así en la salud”, si, como en la enfermedad, apuré la frase en mi mente. “Como en la enfermedad”, dice el padre. Nadie aquí da algo de beber, pensaba para mí. Debía estar bañado en sudor. Ana, frente al padre, me miraba emocionada. Bueno Anita, aquí estamos, casándonos, eres el amor de mi vida. ¿Me perdonarías un engaño? No de esos engaños que se dicen y no se saben, sino de esos que se dicen, se hacen, y todo mundo se entera. A veces pienso que las mujeres se dejan llevar por lo que la gente piensa.

Ana estaba llorando. Las mujeres siempre son unas sentimentales. “Ante esta comunidad cristiana”, dice el padre. Ahí están las primas de Ana, siempre les caí mal. Mis suegros no dejan de verme. El señor me odia. Ni crea que le voy a pedir algo suegro, pensaba para mí.
-       Héctor ya me va a conseguir trabajo.  
-       Javier. Eres un bueno para nada.
-       Señor.
-       Señor madres. No me señorees, a mí me respetas.
-       Que paso papa. –intervenía Ana, conciliadora
-       Nada Anita.
-       Como nada suegro, usted me está acusando.
-       No te acuso, solo digo lo que eres.
-       Papa.
-       Hija, digo lo que veo, la verdad
-       Papa, que esta sea la última vez que ofendes a mi prometido. – Ahí está, tuvo que doblar las manos el señor. Bien Anita, lo dejamos en su sitio.

“Los anillos”, dice el señor cura. Héctor está ahí, a un lado mío, ¡increíble!, olvidaba que él fue mi padrino de anillos, que mal, como lo pude olvidar. Nos pasa los anillos. Insulso Héctor, siempre fuiste un adulto, siempre con esos lentes y vestido de corbata. Hasta de chavo te tomaste todo muy en serio. Relájate cabrón, soy yo el que se está casando. Es más, esto ya pasó hace mucho. Pienso para mí, porque Héctor sigue siendo el mismo. No tienes remedio. Dime, de donde sacaste dinero para esos anillos amigo, debiste trabajar un año entero de becario en esa secta donde trabajas. Por cierto, recuerda que me dijiste que me vas a conseguir trabajo, no te hagas.

Del lado derecho la familia de Ana, del izquierdo mis amigos. Una noche antes, en casa de Héctor:
-       Te nos casas Javier.
-       Pues sí, me atraparon.
-       Ya no vamos a poder echar desmadre,
-       claro que sí.
-       No creo que te deje Anita.
-       Que suertudo eres Javier. Anita le gustaba a Héctor, él te la dejo.
-       No mames, a mí no me dejan las viejas.
-       Pues se notaba.
-       ¿Se notaba que? -me empezaba a encabronar la plática
-       Que le gustaba.
-       Ya tranquilos. Mejor vamos a festejar, dijo alguien calmando los ánimos.
-       Oye no mames, ya enserio, mañana te casas.
-       Y que, podemos ir un rato.
Fuimos al Machos, el mejor bar de la ciudad, estuvimos ahí hasta muy tarde. Nomás de acordarme me duele la cabeza,

Mónica. Si, lo sé. No creo necesario decir que no es algo serio. Pero, ¿acaso no lo intenté lo suficiente todos estos años? Con el paso del tiempo el matrimonio pesa. Eso todos lo saben. ¿Cometí adulterio? Si me lo pregunto así, sin más, pues debo decir que sí. Pero por otro lado, quien se puede enterar. No creo que ella lo diga, ¿o sí?


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