Capitulo once
Capitulo once
Las leyes salvajes /
empañan mi huida / el estanque no para de crecer cantan los héroes del silencio.
El estéreo del departamento sonaba a todo volumen. Me desperté. Eran las cinco
de la mañana. La luz del baño estaba encendida. Mónica se colocaba un vestido
naranja que mostraba sus bien formado trasero. La contemple recostado en mi
almohada.
No me costó mucho trabajo
acostumbrarme a dormir con ella. Renuncie a seguir asistiendo a hoteles y de
exponerme en bares, asi que pasábamos las tardes en el departamento. A veces, después
de unos tragos y de hacer el añor, caíamos dormidos y despertábamos como hoy,
hasta el siguiente dia.
- ¿Dónde vamos?, pregunte.
- Voy a Guadalajara,
olvide decirte.
- Ya veo, le dije, y ¿a
qué vas?
- Me manda la jefa de
área.
- ¿Cuándo regresas?
- No lo sé aun, recogeré
una USB con los datos de los nuevos SRSs y las claves de sus accesos y las
nuevas cuentas bancarias de las oficinas.
- ¿Porque no te lo mandan
por correo?
- Hay un protocolo de
seguridad. Me capacitaran en ello.
- Esta bien, te llevo al
aeropuerto
- Ya pedí el taxi, de
hecho está por llegar. Ella se sentó junto al espejo. Con un lápiz labial se
puso a dibuja sus labios. Me perdí viéndola. Sonó su celular. Me voy, dijo. Se
acercó y me regalo un beso. La abrace y le agarre las nalgas. Tuvo que
empujarme para salir. Salió por el ascensor mandándome un beso. Te deje café,
dijo.
Antes de Monica yo ya era una asencia
en mi casa. Ana pasaba las tardes encerrada en la oficina que tenia instalada
en la casa, yo a veces tomaba un trago, pero muchas veces prefería salir, con
amigos, a bares, o solo, al casino, huyendo siempre de la monotonía que mi
matrimonio me representaba.
Me quede dormido. Me
despertó un ruido en la cocina. Que chingados, pensé. Me levanté y en calzones
fui a ver. Era una chica con los brazos tatuados. Apenas me vio no se inmuto
por verme en calzoncillos. Yo tampoco, así que así me quede frente a ella.
Pinche jipi pensé. Traía un pantalón tejido, unas sandalias y un suéter con las
puntas rotas que parecía estar hecho de jerga.
Yo la había conocido
antes, en una de las primeras reuniones que hicimos Monica y yo en el
departamento, ella llego con un par de negros que igual que ella usaban
pantalones de estilo militar. Me la presento como su muy buena amiga y de ahí no
tuve más que decir.
- Mónica me prestó sus
llaves. Ella levanto unas llaves con su mano.
- Está bien le dije.
- ¿Te sirvo algo de tomar?,
me preguntó, prepare infusión de naranja. Antes de que contestara me dijo:
siéntate y te lo sirvo. Así que me senté en calzoncillos, al fin, era mi
departamento. Contemple Avenida Reforma.
- Nunca se cansa uno de
verla verdad, me dijo la jipi.
- Si te refieres a ver
esta ciudad, nunca.
- Yo la amo me dijo. Me
acerco una mesa de cristal y enseguida me puso un vaso, que parecía un frasco
de mayonesa con un líquido amarillo y unas rodajas de cascara de naranja. Lo
probé.
- No mames, dije en voz
alta, sabe amarguísimo.
- Debes acostumbrarte.
- Quiero un café, dije.
- Bebe tu infusión, te
hará bien.
- Ni madre, dije. Mejor
dame un café.
- Por eso tienes ese
carácter, tomas mucha azúcar. Me sirvió el café,
- una o dos de azúcar?
- Dos le dije. Me acerco
el café.
- Gracias le dije. Ella se
acercó. Para ser jipi olía delicioso.
- A que hueles?
- Es citronela y manzana
me dijo.
- Huele delicioso dije.
- Gracias, contesto. Se
sentó en el suelo. ¿Y que haces? me dijo.
- Soy ejecutivo de una
organización de desarrollo humano.
- Oh que bien, ¿como se
llama?
- Cienciologia.
- ¿es acaso una secta?
- No, no es una secta.
- Si es una secta, como
que no, dijo la jipi, ¿que haces ahí?
- Llevo el control de los
registros de los ejecutivos de cuenta, los administradores, les llamamos SRS.
- ¿Te gusta hacer eso? La
verdad no sé, lo he hecho por veinte años.
- Interesante, dijo ella.
Me le quede viendo, Pinche jipi, ¿Tú que haces?, pensé. Me leyó el pensamiento.
- Me llamo Cinthia, soy
instructora de Yoga, doy clase aquí a dos calles, sobre la calle de Dante.
- ¿Junto al
estacionamiento? pregunte. Si, enfrente dijo ella. ¿Te importa si hago algo de
estiramientos? Ella se levantó y se quitó las sandalias. Por favor, le dije.
Empezaba a sentirme en confianza. Me acababa de conocer y ya me había hecho
preguntas que ni yo me había cuestionado. Así, vestido en calzoncillos.
Cinthia se levantó y se
quitó el suéter roto y el pantalón tejido, se quedó solo con los pies desnudos
y un traje de yoga de licra en color verde. Me costó trabajo contenerme, debajo
de ese aparente imagen de jipi con brazos tatuados tenía un cuerpo espectacular,
unas piernas formidables y unos muslos mil veces mejores que las de Mónica. Se
dio cuenta que la miraba, pero no le importó.
- Mira ven me dijo. Me
levante de inmediato. Haremos este ejercicio. Tómame de las muñecas. Le tome
las muñecas. La luz del sol bañaba el piso de mosaico árabe del departamento. A
lo lejos manchones de árboles verdes se dibujaban sobre las ventanas. Sostenme
fuerte, me dijo la jipi. Le apreté las muñecas. Pero no me lastimes las
muñecas. Se inclinó hacia adelante mientras yo trataba de sostenerla para que no
se cayera. No era fácil tratar de sostenerla y evitar apretar sus muñecas. Se
trata de tener certeza al tomar de las manos. La certeza te da seguridad, dijo
ella. Se inclinó unos veinte grados. Pude ver su hermosa espalda y sus bien
torneado trasero apenas a unos centímetros de mí. Sin esperarlo, pero también
sin ocultarlo note una erección en mí.
- ¿Cómo te sientes?, me
dijo.
- Creo que extrañamente
excitado, le confesé.
- Me refiero a tu energía.
Tu energía Javier. Volteo y me puso la palma de la mano en mi pecho. Tum tum
tum, sonaba mi corazón junto a esa sexi jipi en mi sala. Estas lleno de energía
me dijo. Esa energía está ahí, apretó la mano. No fluye me dijo. Solo se
detiene. Estaba apenas a unos centímetros de mi rostro. Yo la escuchaba., Me
valía madres lo que me decía de mi energía, no me importaba. Si mi corazón
latía así era por estar ahí disfrutando de su presencia. Dieron las diez de la
mañana.
- Quiero aprender le dije.
- Que quieres aprender.
- De ti.
- De mí o del yoga.
- El yoga me vale madre. Tú
eres interesante.
- Gracias, me dijo. Se fue a
la cocina, tomo agua. Porque no te das un baño y yo te preparo el desayuno.
Me fui a mi cuarto me
quede desnudo y me metí a bañar. Abrí la llave del agua caliente y entre en la
regadera. Descanse. El agua caliente me relajo aun más. Me sentía genial en ese
departamento, estaba conociendo gente interesante. Me puse un traje gris Oxford
y una corbata azul. Cinthia entro a la recamara.
- Que haces, ¿porque te
vistes así?.
- Voy a mi trabajo.
- Hagamos algo.
- Tu dime.
- Hoy vístete diferente. Se
acercó al closet y saco un pantalón de mezclilla deslavado, una camisa sport
blanca y un saco sport azul, los acompañó de unos zapatos cafés de agujetas.
- ¿Y esa ropa?, le dije.
- Acompañé a Mónica por tu
ropa.
- Bueno, al menos estos
zapatos si me quedan
- Si, estos te los elegí yo,
ella te compro las sandalias
- No me quedaron le dije.
- Si, lo sé. Sonrió. Se le
dibujaba una hermosa sonrisa.
- ¿Que harás hoy?, le
pregunte.
- Debo lavar mi ropa.
- Porque no la lavas aquí, y
cenamos juntos, le dije. Me encantaba su rostro. Me volví a quedar en
calzoncillos frente a ella, ya estábamos entrando en confianza, y me puse el
pantalón, empecé a ponerme la camisa y Cintia me ayudo a acomodarla, después me
puso el saco, sus movimientos eran seguros y femeninos, me tenían hipnotizado.
Por último me aliso el saco con la palma de sus manos bajando por los hombros y
de ahí por el pecho, se detuvo ahí y se me quedo viendo. Entonces nos vemos más
tarde, dijo. Tome mi celular, para cortar con el momento incómodo. Me despido
le dije, ella se acercó y me dio un beso en la mejilla. Salí de mi departamento
contento. Había dejado mi casa en manos de una desconocida. Eso me valía madre.
Tome un taxi, ya me estaba
acostumbrando a andar en taxi. Llegué a mi oficina y me sorprendió encontrarme
ahí a Héctor.
- Héctor, ¿qué paso? Para mi
propia sorpresa me valía madre ya si él le había dicho algo a Ana, la verdad
eso ya lo había trascendido. Nos dimos un abrazo.
- Javier, me regalas unos
minutos.
- Claro, le dije, Que
necesitas.
- ¿Puedo entrar en materia?
- Por favor.
- Bueno, pues vengo a
advertirte de algo, o más bien, de alguien.
- No me espantes, le dije.
- Se trata de tu vieja.
- ¿De Ana?, le dije.
- No, de tu secretaria.
- Asistente, corregí.
- Si, de Mónica.
- ¿Que hay con ella?, le
dije.
- Me entere que ella fue a
recoger las claves de los nuevos SRSs a Guadalajara y a tomar el curso de protocolo
de seguridad.
- Así es, le dije, salió hoy
para allá.
- Creo que ella no debió ir
por esa información, debiste ir tú.
- La jefa de área es quien
pidió que fuera ella, yo que podía hacer?
- ¿Porque no fuiste tú? La
verdad lo ignoro, pero es apenas un trámite administrativo, no tenía caso tener
a un SRS en un asunto como ese, no es de mayor importancia.
- Te lo parece, me miro, a
mi me parece que es de la mayor importancia.
- No exageres Héctor.
- No exagero.
- Relájate cabron, le dije.
No pasa nada, sin embargo, tomare en cuenta tus comentarios.
- ¿Tú no desconfías de
Mónica?, me pregunto.
- Para nada.
- ¿Qué sabes de ella?
- Sus padres son miembros. El
señor es SRS en la oficina de Guadalajara, igual que nosotros. Su familia son
amigos del SSR. ¿Estás seguro? Seguro, nada que preocuparnos, ¿quieres tomar
algo?
- No nada. De hecho vengo a
una reunión de un grupo de capacitación. Te dejo. Se despidió no sin antes
darme un abrazo.
Paso el día y por la tarde
recibí un mensaje, era de Cinthia.
- Ya tengo la cena, porque
no te traes un vino. A lo que conteste.
- Que vino sugieres.
- Pues hice pescado, trae un
vino seco.
- Hecho le dije.
Poco después de las cinco
salí del edificio de Cienciología. Atravesé avenida Juárez y entre a una tienda
de abarrotes. Pedí en el mostrador dos botellas de Chardonnay blanco,
aceitunas, queso chihuahua y jamón de pavo en cubos. Me los deja servidos en
canasta por favor. Colocaron el queso y el jamón en cubos en canasta
y forrados en plástico. Me dieron mi paquete en una bolsa de papel
que decía La Europea. Tome el paquete. Hacia una tarde estupenda. En la avenida
el sol de la tarde caía sobre el hemiciclo a Juárez mientras la estatua de
Zapata saludaba a la torre Latino.
Tome un taxi, recordé lo
bien que se miraba esa mañana Cinthia. A donde lo llevo, pregunto el taxista.
Reforma 222. Que súper número pensaba, no me canso de decirlo. Recibí una
llamada, era de Ana, no conteste. Más tarde otra, de Héctor, tampoco respondí
esta vez. Urge te comuniques, me dijo un mensaje. Que no mamen, que no merezco
pasarme una bonita tarde, dije en voz alta. Guarde mi celular. El taxi tomo
Avenida reforma, rumbo al 222.
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