Capitulo catorce, los amigos


Capitulo catorce, los amigos
Eran las seis de la mañana cuando desperté en el hotel. Era muy temprano, la luz de la mañana y lo blanco de las sabanas inundaba la habitación. Me encontraba ahí acostado en la suite. Mónica se había ido. Había un pequeño mensaje pintado en el espejo del baño. Tuve que salir. Desayuna algo. Besos.
En ese momento decidí salir y regresar a la ciudad de México. Pinche vieja, no confío en ella, pensé en voz alta. Que chingaderas eran estas de estar tratando con otros la entrega de una USB que ya me había dado.
Me di un baño, me dispuse a partir. Guarde el cargador de celular, un traje que no había usado, puse la ropa sucia en una bolsa. Descubrí que junto en una de las bolsas de la maleta de Mónica había una USB de metal Kingston idéntica a la que ella me había dado. Como era posible. Saque de mi bolsa la USB que tenia. Que desmadre, pensé, me dio la falsa. Decidí intercambiarlas y así lo hice. Así que le deje a ella la falsa.
Baje a recepción, sin despedirme y sin saludar pedí mi camioneta. Conduje y tome  la autopista a León. Llené el tanque de gasolina y pedí que me revisaran el auto.
Después de varias horas llegue a México. Estaba cansado, pero más que nada confundido. No sabía que pensar. Había confiado en Mónica y me topé con pared. No sabía cómo enfrentarlo, de hecho no tenía el ánimo de siquiera llamarle y preguntarle qué sucedía. Enfrascado en mis pensamientos me invadían las dudas.
Me detuve a descansar en una gasolinera camino al aeropuerto. Revise mi celular. Vi que tenía varias llamadas perdidas de Mónica, y otras más de Héctor. No tenía ganas de llamarle a Mónica. Pensé que era mejor hablar con este último y buscarle una solución a todo este embrollo de claves perdidas. Quizá lo mejor sería entregarle a él la USB y no complicarme más.
Asi lo hice. Sonó el teléfono y no contesto. Cuando estaba por guardar mi celular, fue él quien devolvió la llamada.
-       Javier, me dijo.
-       Que pasó Héctor, contéstame cabrón.
-       Oye, te pierdes, todo mundo te está buscando. ¿Ya estás en México? ¿donde estas?, necesito hablar contigo, es urgente.
-       Estoy cerca del aeropuerto.
-       Hecho, ahí te veo en media hora.
Quedamos de vernos en Sanborns de Aeropuerto. Como me encontraba mas cerca llegue antes. El restaurante estaba lleno de gente con saco y corbata. Era un espléndido día frio con mucho sol en la ciudad de México. Eran más de las doce. Pedí un plato de carnes frías y un tequila hornitos con jugo de tomate, mi favorito.
El mesero trajo mi trago. Lo probé, estaba delicioso. En eso estaba yo cuando al fondo del restaurante apareció Héctor. Caminaba con paso rápido, una prisa de aquel que no quiere perder tiempo en saludos ni en tomarse una copa. Al verme y antes de saludarme me dijo:
-       ¿Traes la USB?, -me sorprendió su acento. El siempre tan propio, tan educado-. Hijo de la chingada, te digo si la traes, repitió.
-       Óyeme cabrón, trate de calmarlo. -Entonces me soltó un puñetazo. Me volteo el rostro. Yo no sabía que ocurría. Estaba sorprendido. Dos meseros lo sujetaron. El seguía gritándome.
-       Héctor, le pregunté, ¿te das cuenta que ya me mentaste la madre dos veces?
-       ¿Dos veces?, me dijo. Que sean tres, tu puta madre.
Sorprendido salí del restaurante. Este cabrón se ha deschavetado, que se vaya a la chingada pensé. Los meseros forcejeaban con él, Subí a mi camioneta y me mire al espejo. Tome una servilleta y me limpie un hilo de sangre que escurría de mi boca. Me rompió el hocico. Pinche Hectorcito. ¿Qué es lo que lo tiene tan encabronado? Dije en voz alta.
Detuve el auto y llame a Cintia a Reforma dos veintidós, mi casa. Nadie contestó. Lo bueno que Cintia iba a estar al pendiente de mi departamento, me reí con sarcasmo. Que desmadre con mis amigos, uno puedo confiar en nadie.
Salí del estacionamiento cuando vi la imagen de Héctor, de pie y encabronado, me gritaba desde la acera. Debo confesar que me cayó un veinte al verlo gritándome. Me preguntaba en qué momento deje de tener amigos. Cuando ellos dejaron de confiar en mí. A veces pensaba en él. Hace veinte años, cuando éramos amigos. El muchacho que estaba enamorado de Ana de quien yo me case. Creo que ya había hecho yo bastante para que la gente no confiara en mí. Ahora tenía yo que enfrentar el hecho. No tenía amigos. Ese era mi juego Estaba en este desmadre. Y este problema y lo tendría que resolver, con mis amigos, o sin ellos, al precio que fuera necesario.
Antes de incorporarme a la avenida vi como una camioneta van negra sin vidrios por poco me embiste. Le mente la madre y deje que se fuera. No mames, pensé, este cabrón casi me mata. Me quede detenido un momento por el susto, hasta que un sonido de claxon me volvió a espantar. Pero cuanta gente loca, pensé.
Antes de llegar al departamento pase al edificio de Cienciologia. Creo que lo mejor era presentarme y hacer un plan. Era el receso de la comida y había pocas personas trabajando en las oficinas. Entre a mi cubículo y cerré con llave. Atrás de mí, llena de árboles de álamo, una enorme ventana me mostraba avenida Juárez, imponente. Era una mañana espléndida. Abrí mi computadora y conecté la USB. Tardo unos minutos hasta que la información empezó a aparecer. Ahí estaban todos los nuevos SRS y sus cuentas bancarias. Esta era sin duda la USB verdadera. La desconecte y la guarde en mi saco. Salí del edificio y me fui caminando a la alameda.
Caminé entre la sombra de los árboles y el ruido de fondo de la ciudad. Era un lugar único. Lleno de historias que transcurrían a pie o en taxi por esa avenida. Pensé que si de algo estaba yo enamorado era de eso, de la ciudad, era yo eso: un animal social. Pensé que no importaba lo que pasara, estaba preparado.

Fui a mi departamento, y casi al llegar a este, me pareció ver ahí nuevamente la camioneta que casi me embiste afuera del Sanborns. Pensé que estaba yo algo nervioso así que no puse más atención a eso. Subí al onceavo piso y cuando el elevador abrió en mi departamento pude ver que estaba ahí la hermosa de Cintia, con sus brazos tatuados y su sonrisa única, eso me lleno de gusto. Junto a ella estaba Héctor. Qué demonios, exclamé. Pensé en partirle su madre. En ese momento recibí un mensaje. Era Mónica. Es urgente que no vayas a tu departamento, estas en un grave peligro.

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