Capítulo dieciséis, las buenas, los malos y Reforma dos veintidós


Al siguiente día hacia frio en Reforma dos veintidós. Era miércoles. Las hojas de los arboles estaban cargadas de rocío. Las personas iban vestidos en suéteres de lana y montados  en su escúter y patines eléctricos. Los clientes abarrotaban los restaurantes de la avenida. Los meseros servían café con leche, expreso, tostado, te chai, leche sola con chocolate. En las mesas se podía ver el pan tostado, pan dulce, conchas, croissants y sándwiches de queso.

Mi camioneta, ese vehículo que tanto quise, una Mercedes Benz  clase GLE 400, edición especial, fue remolcada de Reforma dos veintidós por una grúa al corralón de la policía de tránsito. Como estaba a nombre de Ana, la policía la llamo para reclamar por la multa de tránsito. Un impacto lateral la había dejado inservible. Era una lástima, me encantaba esa camioneta, En el informe de la policía apareció como un choque tipo volcadura contra un vehículo de recolección de basura.

A dos calles de ahí, en un quinto piso, un salón con techo alto y persianas horizontales. Los rayos del sol entraban e iluminaban el piso de madera. Media docena de mujeres vestidas en mallas, conjuntos de licra y calentadores de algodón, hacían la pose del gato. La instructora, una chica guapísima con los brazos tatuados gritó una instrucción que pareció militar. Las chicas extendieron sus piernas, colocaron sus brazos debajo de estas y su pecho en el suelo, era la pose de la tortuga.

Cinthia terminó de dar su clase. Guardo sus cosas en su bolso y cerró su estudio. Traía puesto un suéter grueso y mallas de licra. Paso a mi departamento en Reforma dos veintidós. Recogió su ropa, acomodó mi ropa en el armario y se aseguró de buscar en las habitaciones y no olvidar nada. No quería dejar algo  que la comprometiera. Salió del departamento y prefirió ir por las escaleras de seguridad en lugar del elevador.

Ese mismo día Héctor estaba en el aeropuerto de la ciudad. Vestía un fino traje  gris a cuadros y una corbata roja. Paso el filtro de seguridad. Señor, ponga todos sus objetos personales en esta caja. ¿Trae usted electrónicos? Si una tableta. Enciéndala. ¿Trae algo más? Él levanto la mano, traía una USB Kingston de metal en sus dedos. Levante las manos, le dijo el guardia. Paso junto a él una pistola detectora de metales. Que tenga un buen vuelo señor. Entro a sala espera. Más tarde abordo un  Boeing 737. El avión se elevó con un enorme rugido en el cielo. Iba destino a la ciudad de Nueva York.

Un día después, el jueves, y del mismo aeropuerto salió otro vuelo con el mismo destino. Era una mujer blanca vestida en un conjunto Carolina Herrera y zapatillas altas. Una mujer de excepcional elegancia y belleza. Si, era Mónica. Su piel de nácar iluminada no se apagaba por un vendaje de su brazo izquierdo. Ella llevaba consigo la USB verdadera. Yo, en mi mente confusa, la cambié por la falsa. Una vez sentada en su asiento, acomodo su antifaz para cubrir sus ojos y se durmió las siete horas que duró el vuelo.

Ese mismo día, pero más tarde, Ana, mi ex esposa, recibió la llamada de la policía. Escucho atentamente. Colgó el teléfono para de inmediato hacer otra llamada. Sí. Me acaba de llamar la policía. Quieren que vaya a reclamar la camioneta. No, no iré. Está bien. ¿Pudiste entregar la información? Sabes, ocupamos dinero. Hizo una larga pausa, alguien le decía algo al otro lado de la línea. Está bien. Colgó. Después de eso no se presentó a la comandancia, en su lugar envió a la aseguradora a firmar los documentos. Era perdida total. Se le autorizo un pago por indemnización a nombre de ella, la dueña del vehículo, por un importe de setecientos mil pesos. Un robo, esa camioneta costaba más de un millón.

Al llegar a Nueva York Héctor abordó una camioneta blanca con chofer. Después de diez minutos llegaron al 227 de la calle 46, las oficinas de Cienciología. El chofer recibió una llamada y dio media vuelta. Se estacionó. Descendió y con un aire del que espera ser felicitado sonrió a las personas que lo recibían a las puertas de la entrada. Fue detenido por un oficial de la FBI. Se le acusaba de conspiración contra organizaciones no gubernamentales y de promover el fraude en la sucursal de México por varios miles de dólares.

Lo llevaron a las oficinas de la FBI. Le hicieron una serie de preguntas durante un par de horas. Algo  sucedió en ese tiempo porque después del interrogatorio le mandaron traer de comer. Un filete de res con verduras al vapor. Vino tinto y unos cigarros. Siempre había sido el tipo más aplicado de la clase, y esta vez demostraba que era bueno en los exámenes. Pinche suertudo diría yo.
Después del interrogatorio se le condujo al 768 de la Quinta Avenida, al Hotel Plaza. Se le dio una suite y se le devolvió su tarjeta de crédito corporativa. Abrió las ventanas de la habitación y miró la ciudad. Una sonrisa de triunfo ilumino su rostro. Recibió una llamada en su celular. Si, dime. Te llamo la policía, se fue a la sala y se sentó. ¿Qué dijeron? No, no te presentes. Solo es un vehículo accidentado, Llama a la aseguradora y diles que esa camioneta lo tenías extraviada, ellos lo resolverán. Si, regreso mañana. Todo ha salido bien. Sí,me detuvieron, pero le he dado la USB y han quedado satisfechos. Sí, yo también. ¿Qué? Algo lo puso de pie. No, imposible Ana, no podemos darle más dinero al laboratorio, estamos en una etapa sumamente delicada. No te pongas nerviosa. Nada va a pasar. Descansa.

El jueves fue llamado de nuevo a Cienciologia, mandaron un auto por él. Preguntó si debería hacer el check out del hotel. Será mejor si nos acompaña usted un par de días, le dijo el ejecutivo que lo condujo a las oficinas. Estuvo el día entero en las oficinas. Por la tarde, algunos ejecutivos, le dieron una comida especial. Héctor nosotros estamos ciertos de su adecuado perfil para la nueva etapa en Scientology world wide. Usted ha sido propuesto como nuestro próximo jefe de área. Ahora díganos usted ¿acepta el nombramiento para  ser el nuevo superintendente SSR en Guadalajara México? Él se levantó del asiento. Acepto, dijo. Los asistentes, un grupo de unas veinte personas, le dieron un fuerte aplauso. Otro de los líderes se dirigió a la asistencia. Valoramos su lealtad para detener el fraude en las oficinas de México, la valiosa información que nos ha usted conseguido, aun a riesgo de su propia vida ha rendido frutos. Fue un acto de heroísmo. Gracias a esto podremos detener a todos los SRS que han dañado the prestige of Scientology Worldwide. Congratulations Héctor.

En otra habitación, en el mismo edificio, y a esa misma hora, tenía lugar otra conversación. Buenas tardes ¿usted es? Mi nombre no importa. Que podemos hacer por usted señorita. Traigo información importante. ¿Qué clase de información? La lista con las cuentas bancarias de los supervisores de todo México. Señorita, esa información ya la tenemos. Nos la ha traído su supervisor de las oficinas de México el día de ayer. Esa USB es falsa. Pero ¿cómo? Yo tengo la verdadera. Y entonces, ¿la que nos han entregado ayer? Esa es falsa. ¿Podemos probarlo? Sin duda, aseguró Mónica.

El ejecutivo mando llamar a un especialista. Por favor revise la información de esta memoria, please tell me if you find something important. Le pidió a Mónica que esperaran. Llamo a recepción y pidió un par de tazas de café para ambos. El americano se sentía intimidado por la belleza de Mónica. Y quien no, era guapísima. Y dígame, ¿es usted mexicana? Así es. No le gustaría trabajar para Cienciologia Nueva York. No hablo inglés. Eso es fácil de aprender, yo puedo enseñarle. El técnico regreso y dijo algo en ingles al ejecutivo, este tomo su celular. Hizo una llamada. Debemos detener el nombramiento del señor Héctor. El no trae la USB verdadera. Its fake. Regreso su mirada a Mónica. Relajo su rostro. Ellos solucionaran este asunto señorita, Usted no ha estado en Nueva York, ¿le gustaría conocer la ciudad?

A la semana Héctor regresó a la ciudad de México. No fue detenido en Nueva York, tampoco fue enjuiciado. En cambio fue nombrado superintendente SSR en Guadalajara. Así se arreglaban las cosas en Cienciologia, se premiaba a los malos y se castigaba a los buenos. Antes de irse a cumplir con su nuevo puesto, fue a mi casa y le propuso matrimonio a mi ex mujer. Pinche Héctor, siempre un romántico. Esta le pidió más dinero. Claro, al fin mujer. Era dinero para sus laboratorios. Ana, sabes que te lo daría, pero, es inútil. Nos hemos arriesgado hasta el extremo por conseguir fondos para tu empresa, Esta vez no, no puedo dar más dinero. Me despido. Con esto se cerraba su historia de amor. Y el financiamiento por parte de la organización a su empresa.

La madrugada del martes después el choque yo perdí mucha sangre. Cuando los paramédicos llegaron fue poco lo que pudieron hacer. Óyeme cabrón, me estas lastimando. Señor, no nos insulte, estamos tratando de salvarle la vida. Me ayudo mejor yo solo pendejo, me estas rompiendo el brazo. Señor su brazo está roto. Ya lo sé cabrón, pero porque traigo tan mojada mi camisa. Señor, es sangre, está usted muy pálido. ¿Cómo se llama? Javier. ¿Y la chica? Mónica. Ella está bien. Parece que sí. El paramédico tomo su radio. Sí, tengo una 5G persona gravemente herida en un 26A vehículo particular, hombre, ochenta y cinco kilos, cincuenta y cinco años, con pérdida de sangre.

Me sentía con sueño. Empecé a extrañar todo. Mi empleo en Cienciologia; tener cierto poder, salir a comer en Avenida Juárez, saludar a diario la estatua de Emiliano Zapata, gastar horas en las librerías de la alameda. Extrañaba a Las mujeres de mi vida; A mi ex, Ana, por supuesto, de ella, mi vida de siempre, la de casado, los sueños en nuestra casa; de Cinthia, su inigualable belleza, sus brazos tatuados y sus increíbles piernas; de Mónica su color nácar de piel, su elegancia en el vestir y su compañía en mis peores momentos. Extrañaba a Héctor; él siempre quiso ser mi amigo, nunca lo deje. Extrañaba también las cosas; mi camioneta, una Mercedes de lujo, con una consola que igual permitía ir bebiendo whiskie, fumando puros o haciendo el amor; extrañaba mi ropa, mis trajes Armani, mi reloj de oro regalo de mi cumpleaños. Pero de todo lo que podía extrañar, ganaba siempre mi departamento; ese hermoso espacio de 60 metros cuadrados en el onceavo piso con vista a avenida, a sus bares y restaurantes, a sus jardines; ubicado en una dirección que lo describía todo: Reforma 222.

Estaba ahí, en Reforma dos veintidós, a solo unos pasos de mi departamento. No me podía mover sin sentir un tremendo dolor. La ayuda tardo más de una hora en llegar. Todo fue inútil, no alcance el amanecer. Esa madrugada deje de existir.

En su viaje Mónica entregó la USB verdadera. La verdad eso a nadie le importó. Hicieron como si nada pasara. En cambio le ofrecieron incorporarse a la oficina del número 227 en la calle 46. Se quedó a trabajar en Cienciologia Nueva York. Le dieron una oficina y con los meses aprendió el idioma. Después de un año, un ejecutivo que la estuvo pretendiendo, le propuso matrimonio. Espero haya aceptado.
FIN


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