Capítulo quince, nunca confíes en una chica con minifalda


Capítulo quince, nunca confíes en una chica con minifalda
Nunca pensé que pudiera estar en peligro. Héctor era mi amigo, y Cinthia, pues, era Cinthia. No sabía nada de ella, solo que era amiga de Mónica, maestra de Yoga y tenía más tinta en la sangre que nada. Cuando la vi, estaba vestida en un conjunto de pantalones de licra y una chamarra de piel de motociclista que la hacía ver sexi.

Me senté junto a ellos. Una botella de whisky ayudó a limar las asperezas. Que demonios, Héctor era uno de mis mejores amigos, y, aunque era muy raro a veces, yo lo estimaba. Cinthia preparaba los tragos. Llenaba los vasos de hielo, ponía suficiente alcohol y nos los acercaba siempre con una sonrisa. Héctor y yo hablamos de cuando estábamos en la universidad, del futbol y de las chicas. Había un tema prohibido entre nosotros, él no lo decía, pero yo sabía que no le gustaba hablar de Ana. Ella había sido mi esposa, en todo caso debería ser yo el que se sintiera incomodo, que no invente el güey. Pero en fin, Él era así.
Por su parte Cinthia se la paso como una junto a mí en el sofá.  La abrazaba, le acariciaba la espalda, el cuello. Me sentía tan a gusto que si en ese momento me piden la USB la entrego. Cosa que, por cierto, hicieron más tarde.
Al principio de nuestra plática Héctor me habló de Cienciología, de nuestra alma matter, de la organización mundial. Se echó la historia de los creadores, de como antes se llamaba Dianética y de su propósito filosófico de hacer del hombre alguien mejor. Yo sabía que eso era un rollo, pero lo platicaba tan bien que lo dejé continuar, Hacia gestos, hablaba haciendo ademanes y cada que mencionaba el nombre de la organización se ponía de pie y hacia una pausa. Así, bien mamón.
Yo estaba muy a gusto hasta que nos acabamos la primer botella. Estábamos tomando Jim Bean, que es una de mis bebidas favoritas. Asi que Cinthia fue a la cantina y trajo una mas. Limpió la mesa y lleno de tragos nuevamente la mesa. Después regresó a su lugar, abrazada a mí.

-        Javier, quiero pedirte tu apoyo, dijo Héctor - Supe que aquí había terminado lo divertido. Héctor cambio su voz a su tono serio. Tocaron a la puerta. Era uno de los negros alemanes que habían estado en la fiesta de inauguración de mi departamento. Me llamó la atención que vestía pantalón tipo militar y botas.
-        Eres militar, casi le interrogue. -Le sorprendió la pregunta y recordó algo. Creo que recordó que no sabe hablar español, Cinthia se apresuró a decirle algo en alemán y este contesto algo sin hacer ningún gesto.
-        Javier, te decía. -Héctor regreso a su tema. Me hablo de la importancia de la USB, que se trataba de información delicada y que nadie debería conocer. Que el entendía si era yo el que quería enviarla a Nueva York. Que si así era, él no tenía más que apoyarme; pero que él podría entregarla si yo lo deseaba. Así que repitió la pregunta y espero. Hizo una pausa y todos guardaron silencio. El mismo afro estaba atento a mi respuesta.
Confieso que yo venía decidido desde el principio a entregarles la USB. Me había traído muchos problemas. Le dije a Héctor que sí, que le daría la USB. Me levante y la saque de mi bolsa del pantalón. Héctor la tomó con asombro, como de alguien que no cree lo que esté pasando. La miró y examinó. Creo que no lo creía. Se levantó, me abrazó y me dio un beso en la mejilla. No pude más que reír, me daba gusto que estuviera feliz este cabron. No recordaba hacia cuanto tiempo lo veía tan contento. Quizá desde antes de mi boda con Ana.
En ese momento, y para asombro de todos, incluso de Cinthia, me despedí. Pero y la botella, pregunto Héctor. Sera en otra ocasión amigo. Debo salir, te quedas en tu casa. Me despedí de un beso a Cinthia y con un gesto del alemán. Espera, me tomo de la mano ella,
-        yo te acompaño
Afuera del departamento subimos al ascensor. Cinthia lo detuvo en el octavo piso, me tomó de la mano y me jalo por un pasillo. Tomamos unas escaleras que daban a la calle trasera a avenida Reforma. Ella miraba a cada instante hacia atrás mientras me llevaba escaleras abajo. Llegamos al estacionamiento. Pedí mi camioneta.
-        ¿A donde vamos?.
-        Vete, - me ordeno. Apareció el alemán al fondo de la calle, venia caminando con un paso militar y en las manos algo que parecía un arma. Subí a mi camioneta y sentí como me golpeaba una ventana con algo que me pareció el cañón de una pistola. Acelere. Por el espejo retrovisor pude ver que ellos discutían.
Conduje por la calle Madrid, de ahí tome Insurgentes y me detuve en la calle Hamburgo. Pensé que era un buen sitio para detenerme. No sabía qué demonios estaba pasando, pero tenía que ver con lo que Mónica me había advertido en su mensaje, estaba yo en peligro en mi propio departamento.
No lograba hilar mis ideas. ¿Acaso no les había entregado ya la USB? ¿Era para ellos necesario deshacerse de mí? Seguramente había algo más. Le llame a Mónica. No me contesto. En su lugar recibí un mensaje. Creo que ya te diste cuenta. Te veo en la Glorieta de Colón. Encendí la camioneta y me dirigí hacia allá.
Llegue a la Glorieta. Había mucho tráfico. Sobre la acera media docena de prostitutas cubanas ofrecían sus servicios. Entre ellas, Mónica estaba de pie. Los autos se detenían a mirarla, le hacían ofertas que ella rechazaba. Me preguntaba si habría alguna oferta que acaso aceptara. Las chicas la miraban con admiración y se preguntaban qué hacía ahí. Sin duda esperando darle una madriza en caso que intentara ganarles el derecho de piso. Me detuve frente a ella. Traía puesta una minifalda de mezclilla y un suéter negro pegado. Zapatillas altas y un andar de aquellas damas que no han conseguido cliente en toda la noche.
Baje la ventanilla.
-        Cien dólares, le grite.
-        Ciento cincuenta, subió la oferta.
-        Ciento veinte grite. -Abordó a la camioneta mientras las chicas se quedaron asombradas de lo rápido que había conseguido cliente la nueva chica. Apenas cerró la puerta la besé. Apague la camioneta unos minutos mientras la besaba. Las chicas gritaban algo. Era mucho el ruido así que decidí mover mi auto.
-        ¿Sabes lo que sucede?
-        Ni idea, solo sé que todos están locos. Ya les entregue la USB.
-        Es más complicado que eso. Temen que descubras que ellos alteran los datos que se van a Nueva York.
-        Hace mucho yo ya sé que todo en la organización apesta. Esto es solo otro hecho de muchos más.
-        Pero este te involucro directamente.
-        Alguien así lo quiso. -ella bajo la mirada. Estaba llorando. Levanto la cara.
-        ¿Dime que hacemos?
-        Ocupamos la USB, solo así podremos demostrar que ellos son quienes están traicionando a la organizacion.
-        Pero la USB ya se las entregaste.
-        Creo que Cinthia la puede recuperar.
-        Cinthia esta con ellos.
-        Eso mismo pensé, pero me acaba de ayudar a salir de ahí.
Lo pensamos por un rato, decidimos que era buena ir al departamento, regresar y con ayuda de Cinthia recuperar la USB. El único problema sería el afro alemán, pero él también podía ser engañado, llamaría a Héctor. Así lo hice.
-        Héctor, sigues en el departamento,
-        ¿Dónde estás Javier?
-        Me quede con mi auto atascado en la glorieta de colon. No enciende.
-        No te muevas, va para allá el amigo de Cinthia, trae una van negra.
-        Lo espero
Él no sabía que el pinche alemán había tratado de intimidarme con una pistola. Parecía que esta parte del plan funcionaba. Solo habría que apurarnos a llegar primero a mi departamento y quitarles la USB.
Regresamos a reforma dos veintidós. Por alguna razón había mucho tráfico al cruzar insurgentes, así que perdimos ahí veinte minutos. Pase por calle Madrid y me incorpore a Reforma. Me pareció ver una van negra que pasaba en sentido contrario.
-        Ya la hicimos, me alegre. Si es esa la van, ya la perdimos.
Otra vez me detuvo el tráfico, un enorme camión de basura estaba haciendo una maniobra. Espere a que se quitara y después de unos minutos avance. Llegue a mi edificio, decidí estacionarme exactamente enfrente, en el dos veintidós. Qué demonios, eran casi las cuatro de la mañana. Doble la dirección, metí reversa cuando escuchamos ese ruido. Un sonido a fierro retorcido llenó el ambiente, algo nos había impactado, dimos vueltas y quedamos atrapados en la cabina de la camioneta. Nos acababan de dar un súper putazo. Mi mano derecha sintió mi brazo izquierdo roto.
-        Mónica, ¡Mónica!
-        ¿Qué paso?
-        ¿Estás bien?
-        Si, -susurro en tono débil. Me desabroché el cinturón y la toque.
-        Estoy bien
-        Me acerqué
La besé en los labios. Mire hacia afuera, estábamos de cabeza sobre la avenida. Mi edificio estaba ahí, a unos pasos. La calle olía a humedad, acaban de regar los arboles de la avenida. Yo podía ver una van negra. Estaba apagada. Entonces encendió las luces y se movió. En ese momento supe que nos iba a impactar de nuevo. La calle estaba vacía, alguien se acercó a la van, era una mujer con los brazos tatuados. Se escucharon un par de disparos y la camioneta se quedó inmóvil. La calle quedo en silencio por unos minutos. A lo lejos se empezaron a escuchar unas sirenas. Sentí mi camisa húmeda. Toque la tela. Estaba perdiendo mucha sangre. Miré a Mónica, estaba inconsciente.


Comentarios