Capitulo dos, Ana
Capitulo
dos, Ana
Ana
es mi esposa, mi mujer, mi cómplice. Nos conocimos en la universidad. Yo era
del grupo de los más populares, ella era de las alumnas más aplicadas. Yo nunca
entraba a clases. Ella nunca faltaba a una. Se juntaba con los más tontos y
aburridos. A mí me gustaba estar con los que hacían fiestas y traían auto. Siempre
competíamos por quien era el que conocía a más chicas. Me la pasaba en la
cafetería. Ella, en cambio, se la pasaba en la biblioteca fotocopiando libros.
A ella nadie la conocía. En cambio a mí, todo mundo me conocía.
A
la entrada de la facultad había unas bancas, cuando estaba ahí, todos se
detenían a saludarme, hasta los maestros se acercaban. Las chicas de la escuela
y por supuesto, Ana. Anita, a donde vas, le dije un día cuando pasó caminando
junto al aburrido de Héctor, otro compañero de la carrera. Tenemos clase de
algebra, me dijo. En ese entonces las chicas se peinaban con un fleco que hacia
una espiral. A ella en especial la hacía verse muy bien. Anita, no entres a
clase. Iremos al cine, yo te invito. Ella se volteó a ver a Héctor. Se sonrojó.
Supe que la iba a convencer, así que desistí. Era demasiado buena para hacerla
faltar a clases. Si no puedes está bien Anita. Ella no dijo nada y se fueron a
clases. Héctor, no seas aburrido, vamos al cine. Tengo que entrar, el maestro
prometió pasarnos con siete a quienes cumplamos con la asistencia. Siete, no
manches. Yo nunca he sacado un siete, cuando me lo han ofrecido he preferido
que me reprueben, pensé. Pero cuando estudiaba sacaba diez, era el mejor. Lo
malo es que casi nunca estudiaba.
La
verdad nunca me gusto la química. Bueno creo que no me gustó estudiar. Eso se
notó de inmediato, me fastidio la escuela y deserté. Tenía un tío viviendo en
los estados unidos con mucha lana. A mí siempre me atrajo el dinero. Así que
sin pensarlo me fui a los Estados Unidos. Regrese de allá a los cuatro años,
sin un puto dólar y sin haber aprendido el inglés. Mi tío se dio cuenta de que
no me gustaba trabajar, que solo quería pasármela en fiestas y con chicas así
que me mando de regreso a mi casa a México. En ese entonces mi papa tenía un
lote de venta de autos usados, así que me llevo a aprender el negocio.
Al
poco tiempo también me canse del lote de autos, era muy aburrido y la neta mi
papa solo me quería pagar si yo vendía algo. Entre a trabajar de mesero, ahí si
se ganaba dinero, me contrataron en uno de los mejores antros de la ciudad, en
un buen sábado podía traerme lo que cobraba con mi papa en un mes.
Una
noche llegaron un grupo de chavas, a los meseros no nos gustaba atender a las
mujeres porque no dejan propina, así que echamos un volado Yo perdí, así que me
tocó servirles. Estaban festejando. Cuando me acerque al grupo escuche su voz.
¡Javier! Hola! Contesté ¿No te acuerdas de mí? La neta no me acordaba yo de
ella. Oh sí! Eres? Soy Ana, de la Universidad, pero estas igualito, y muy guapo
por cierto. ¡Ana, si! de biología, No de química! ¡Wow, que tal! Oye, venimos a
festejar mi titulación, pero mira. Busco en su bolso y me alcanzo su tarjeta.
Yo no sé nada de bolsos, pero ella vestía un traje elegante y un reloj
suizo. Estoy trabajando en estos laboratorios, porque no me llamas y
platicamos. Bien, gracias, tome la tarjeta y la guarde en mi cartera. Dime ¿qué
van a querer tomar? Mira tráenos una botella de lo que emborrache más.
Entiendo, déjalo de mi cuenta. Fui a la barra y regrese con dos botellas de
tequila 1800, cada una con el servicio de refrescos y hielos. Se los lleve a su
mesa. Acomodé las botellas, los servicios y les prepare sus tragos. Ana se
levantó, se acercó a mí y tomándome del brazo me dijo ¿cuánto es Javier? Son
treinta y ocho dólares de las botellas y el servicio, le dije. Toma, me dio un
billete de cien. Oye pero es una cuenta de cuarenta y me estás dando cien dólares.
Era la propina de toda la noche, no mames. Se sonrió y me despidió de beso en
la mejilla. Así empezó nuestra bonita relación.
Al
poco tiempo deje el trabajo de mesero, pensé que me merecía algo mejor, pero la
neta nadie me contrataba, me pedían una serie de tonterías, que el título, ¿que
si licenciado en que era? Un día, y en lo más profundo de mi pinche derrota,
caminaba por la avenida Juárez y me regalaron un folleto de La Pirámide, ese
folleto no lo tire, lo guarde en mi bolsa.
Empecé
a salir con Ana, nos hicimos novios. Ella andaba súper clavada conmigo. Se
enamoró. Me regalaba ropa, íbamos a conciertos. Un día estábamos afuera del
cine, habíamos ido a ver la película la Sombra del Amor. Estaba lloviendo, yo
traía un billete de veinte dólares y como pudimos nos metimos en un puesto a
comer hamburguesas. Estábamos riendo cuando ella me dijo: Javier, quiero que
nos casemos. Ese día no lo voy a olvidar.
Tampoco
mis suegros lo olvidaran. Nunca les caí bien; en especial a mi suegro, el
cabrón se quejaba porque yo no trabajaba. En ese entonces entre a trabajar al
edificio de La Pirámide como asistente de SRS, pero como no me pagaban pues
tampoco le daba gusto al señor.
Nos
casamos hace veinte años. Ella es lo que podemos decir una mujer triunfadora.
En su empresa abrieron otra sucursal y la hicieron gerente, después jefa de
zona y hace un par de años es ejecutiva y miembro del consejo de accionistas.
El año pasado solo con el bono de navidad se compró, o debo decir me compró
porque yo la uso, una camioneta Mercedez Benz edición especial. Tú eres alguien
muy importante amor, me dijo, eres uno de los pocos SRS de La Pirámide en
México, eso no cualquiera. Y tenía razón.
En
un mes será mi cumpleaños. El año pasado nos fuimos de viaje una semana, solo
para festejar. Este año, contrató un servicio de banquetes, mando a arreglar
toda la casa, cambió todos los muebles y hasta compró un piano, que no sé quién
lo va a tocar. Parece que se va a poner muy bien. Invite a mi jefe, el
superintendente SSR de Guadalajara, ni más ni menos que el hombre más
importante de la organización en todo el país. Nomás para que vea lo que es que
tu mujer te consienta. Que aprenda.
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