Capitulo tres, mi cumpleaños
Capitulo tres, mi cumpleaños
Era viernes. No hay nada que me reviente más, que quedarme a
trabajar en un viernes. De hecho me molestaba quedarme a trabajar cualquier día,
pero en especial, los viernes. Eran casi las seis de la tarde cuando
me llamó la jefa de área y me dijo que no le habían llegado los informes de
aportaciones del área y que ella necesitaba; al otro día viajaría a las
oficinas centrales y quería revisarlos antes de viajar. Como si yo tuviera la
culpa de que ella fuera a viajar. Yo estaba en mi despacho y me puse a
buscarlos en mi correo electrónico. Enseguida los hallé. Me sorprendió que me
los hubiera pedido nuevamente. Hacía apenas un par de días que se los había enviado.
Que desperdicio de tiempo. Eran dos informes, una lista de los supervisores SRS
en México y otra lista con sus cuentas bancarias y sus listados de
gastos. Como ya habían pasado dos días pensé que sería prudente
volver a revisar los saldos, era una tarea que requería de todo mi talento, así
que me levanté y me dispuse a ponerme cómodo. Tenía en mi oficina una pequeña
cantina, así que me serví un vaso con whisky Jim Bean y mucho hielo. Puse música. You are just too good to be true, cantata Andy Williams.
En ese momento llegó Héctor. Era el tipo más bien portado, no de La
Pirámide, de la carrera y de todos mis amigos. Era amante de los suéteres. Su
exagerado cuidado por las personas, francamente me era chocante. Sin embargo me
conocía tan bien, que me era imposible negarme a atenderlo. Él también era como
yo un supervisor SRS en La Pirámide. Fuimos juntos en la universidad. Él fue
quien también me consiguió mi puesto en la organización y siempre estuvo
cercano a mí, yo no. Yo siempre estuve cercano a mí mismo.
-
¿Ya empezaste a festejar sin nosotros? – me dijo señalando mi
bebida
-
No, mañana vamos a festejar en mi casa.
-
Venimos por ti.
-
No creo poder. Me acaban de pedir un informe para hoy.
-
Ese informe lo pedí yo. - Era la jefa de área que traía una
botella de whisky en la mano.
-
¿Entonces? - Pregunté ingenuo.
-
Entonces ¡vámonos! Es una orden, dijo la jefa.
Salimos del edificio. En la ciudad es imposible encontrar
estacionamiento, así que Héctor pidió un taxi y nos fuimos al bar la Opera. En
el camino nos tomamos unos tragos de la botella. En el taxi veníamos Héctor, la
jefa de área, yo y una chica nueva que, debo confesar que me encantó su
presencia. Era callada, eso me gustaba, y extremadamente atractiva.
Llegamos a la Opera. A mí me parece el lugar más aburrido, siempre
está lleno de políticos. Pedimos unos tragos y, por alguna razón la jefa de área
seguía cargando la botella de whisky que se había traído de su oficina en La
Pirámide.
-
¿No les parece algo serio este lugar? – dijo Héctor
-
Tú eres serio - le dije.
-
Por eso quiero un sitio más acorde a ti Javier.
-
¡Nos vamos a bailar!, dijo la jefa de área.
Nos fuimos al Meneo, un sitio de salsa al sur de la ciudad. El
sitio estaba abarrotado, así que hicimos fila durante dos horas. Nos acabamos
la botella. Nunca pudimos entrar al lugar. Supe que ella, la chica, se llamaba
Mónica, que trabajaba como aprendiz de la jefa de área y que estaba encargada
de los informes que entregábamos de los estados de cuenta de gastos de los
supervisores. Después de un rato decidimos desistir y todos nos fuimos de ahí.
Al otro día desperté en mi casa, en mi cama. Era mi cumpleaños.
Ese día cumpliría 55 años. Nada mal. Aun podía hacer muchas cosas. Por ejemplo
ir a vivir un tiempo en otro país, me gustaría España o Argentina. Podía también
aprender otro idioma alemán, francés. Cambiar de empleo. Cambiar de vida o de
mujer.
Me incorporé. Se oía mucho ruido, una camioneta entraba por el
patio. Me asomé por la ventana: un par de trabajadores arreglaban el jardín.
Una muchacha lavaba el patio y un par de trabajadores montaba mesas y manteles.
De una camioneta bajaban un pastel y ahí en medio: mi esposa organizando todo.
Me metí a bañar. Salí del baño, abrí la ventana y deje que mis pulmones
se llenaran de oxígeno. Me vestí; zapatos mocasín, camisa Kenneth cole gris,
perfume Armani. Baje a la sala y mi esposa me señalo un desayuno que estaba
servido en la mesa. Me recibió con un beso. ¿A qué hueles? Es un perfume, dije.
No lo habías usado. Me senté. No quise parecer el clásico cincuentón que
empieza a cambiar de hábitos apenas entiende que se está haciendo viejo, pero
si, lo era. Desayuné: hot cakes con jamón y mermelada, fruta y unas quesadillas.
-
¿Tú los preparaste?
-
Sí, quiero que estés bien alimentado, al rato vamos a bailar, a
tomar unos tragos y después, hizo una pausa, podemos ir a un hotel.
-
¿Es una promesa?
-
Se puede volver realidad, me dijo.
Pasamos un buen rato en la mesa. Ella siempre me apoyaba en todo.
Aun cuando me equivocaba, cosa que ocurría a menudo. Una muchacha llego y
recogió los trastes del desayuno. Me levante. Me dirigí a la cantina. Me serví
jugo de tomate con hielos y aparte en otro vaso tequila 1800. En el equipo de
sonido se escuchaba una melodía.
-
Oye, ¿es Andy Williams?
-
Si, Supe que te gustaría.
-
Me conoces bien
La fiesta fue un éxito. La casa tenía un garaje para ocho autos,
estaba lleno de camionetas y autos de lujo. Primero llegaron mis compañeros
supervisores SRS con sus esposas. Mi esposa las recibió y se las llevó a la
sala, donde se pusieron a ver unas fotos de nuestra boda.
Me la pase en la cantina con mis compañeros SRS. Eran Héctor, y
dos supervisores. Me aburrían sus pláticas, hablaban de la familia, de futbol,
de sus viajes a Morelia en sus últimas vacaciones. A mí me gustaba
hablar de cuestiones de La Pirámide. De que éramos una de las organizaciones
más importantes del país. Me gustaban las historias de poder. Más tarde llego
el superintendente, el SSR, nuestro jefe, venía con su esposa. Llegaron y todos
nos pusimos serios. Me saludo. Me dio un regalo, lo abrí. Eran unos boletos de
avión todo pagado para mí y mi esposa a la convención internacional de La
Pirámide en Nueva York el día de año nuevo. Gracias jefe, le dije mientras le
di un abrazo. Mis compañeros me sobaron la camisa. Eres el consentido Javier,
me decían. Mi esposa llego de improviso y me sorprendió con un largo beso. Ella
también me traía un regalo. Lo abrí. Era un reloj de oro. En ese momento
llegaron unas personas y pude ver en el marco de la puerta a una chica despampanante.
-
Mónica, dije en voz alta.
-
¿Quién? Dijo mi esposa.
Uno de mis compañeros levanto la mano y salió a recibir a la
recién llegada. No era Mónica, sino su novia. Yo la había confundido. Esa noche
vestía yo con la cara del éxito, la mejor ropa, comida, un reloj de oro. Era yo
un tipo que nunca se equivocaba, sin embargo, acababa de cometer un error.
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