Capitulo cinco, Nunca confíes en una linda sonrisa
Permanecía
sin poder dormir. Eran las tres de la mañana. Estábamos acostados. Ana
descansaba junto a mí en un profundo sueño, yo vagaba por donde mi mente me conducía.
La noticia que me había dado mi jefe me tenía con los nervios destrozados, no podía
conciliar el sueño. Me hubiera gustado decírselo a Ana. Pero mi jefe me había
advertido:
- Nadie debe saber mi decisión. Ni tu
mujer.
- Cuando será mi nombramiento jefe, me
aventuré a preguntar.
- Las cosas se harán a su debido momento
Como
siempre Harry me había chingado con su respuesta. A su debido momento, para mi
este es el debido momento, que se creía el cabrón. Me deslicé entre las sábanas
y salí de la cama.
Tenía
meses que no hacíamos el amor. Es difícil decirlo, incluso pensarlo. Teníamos una
bonita familia, pero, al final del día, cuando la noche cae y nos quedábamos solos
en la cama, entonces terminábamos volteando cada quien por su lado. Hastío,
cansancio. Como fuera. No sabría decirlo con claridad. A veces pienso que Ana sentía
lo mismo de siempre por mí, que estaba enamorada. Hubiera bastado solo un
abrazo, romper el hielo. Meter mi mano debajo de su bata de dormir y acariciar
su seno. Besarla. Hubiera sido sencillo. Pero eso era imposible. Había cosas más
importantes, como siempre, mas importantes que el amor.
Me
fui a la sala a meditar de mi vida. Abrí una de las ventanas que daba al
jardín. Encendí una lámpara. El viento fresco de la madrugada me golpeó en el rostro.
Puta, que bien me sentí. Me senté en el sofá. Estaba muy claro para ser tan
temprano. Me encendí un cigarro. Tome una libreta. Había que poner en orden mis
ideas, así que escribí: cosas que hacer a mis cincuenta y cuatro años. Uno.
Dejar de fumar. Le di una fumada a mi cigarro. Dos. Levantarme más temprano.
Esa ya la estoy cumpliendo hoy. Le puse palomita. Tres. Disfrutar de cada día.
Carpe diem, agregue. Cuatro. Encontrar el verdadero amor. En eso estaba cuando
Ana me sorprendió.
- Te prepare un té.
- Oh, genial, contesté – Puso el té sobre
una mesa de cristal.
- ¿Cómo te sientes?
- Si te refieres a mi edad, me siento cincuenta
y cuatro años más viejo.
- En verdad te sientes viejo, yo te veo
más joven.
- Eso dices porque me quieres.
- No seas duro contigo.
- Es la verdad, la gente miente por
agradar.
- ¿Tú mientes?
- A veces.
- ¿En qué mientes?
- Cosas sin importancia.
- Por ejemplo.
- No me gusta poner ejemplos.
- ¿Qué hacías aquí solo?
- Una lista.
- Puedo verla.
- Eres curiosa, más tarde quizá, son las
cosas que quiero hacer.
- Eso es interesante
- Si, lo es.
- Debo preguntar si estoy acaso yo en
ellas.
- Tú no eres una cosa, es una lista de
cosas por hacer.
- Bueno, pues en tu lista de cosas, no te
olvides de incluirme. Se levantó y me dio un beso. Terminé mi cigarro y apagué
las luces.
Por
la mañana me fui a trabajar. Como siempre me gustaba arreglarme con los mejores
trajes. Esta vez me puse un elegante traje Armani gris y una corbata azul. Me puse
un perfume One Million con olor a cuero y canela. Eran las siete de la mañana.
Subí a la camioneta. Conduje por avenida Álvaro Obregón, tome avenida Juárez y
apenas iba llegando a mi trabajo recibí un mensaje de Mónica.
- Hola, me puedes hacer un favor.
- Claro, conteste.
- No podré ir hoy a trabajar. ¿Te puedo
ver a mediodía en Sanborns para comer?
- Está bien.
- Un favor más.
- Dime.
- ¿Me puedes comprar unas whiskas?
- ¿Qué es eso? Comida para gato.
- Está bien, conteste.
Que
acababa de ocurrir. ¿Mi secretaria me estaba ligando? Que era eso de que la
viera para comer, que no mame, pensé. Por supuesto no pensaba ir a comer con
ella. Mas aun, ¿qué le comprara comida para gato? A mí me cagan los gatos, eso
lo sabe todo el mundo.
En
mi oficina me puse al día. Como no iba a tener secretaria me puse a hacer todo
yo mismo. Revise mi correspondencia, me presente con la jefa de área y le
informe que ya me encontraba en la ciudad. Ella me entrego una serie de oficios
que habían llegado mientras estaba yo en Guadalajara. No los leí, los deje en
mi escritorio. Pero bueno, hice mi trabajo.
Tenia
veinte años trabajando en Cienciología. ¿Qué hacía yo? Por supuesto que no era
revisar oficios de la jefa de área. Mi tarea era la de concretar negocios estratégicos
para la firma, porque eso era Cienciologia, mas que una secta, una firma, de
las mas importantes del país y yo uno de sus mejores artífices. Mi tarea era esa,
cerrar negocios. Eso era mi trabajo, y en eso era yo experto.
Que
de que vivía Cienciologia. Bueno, de las contribuciones de sus socios dirían algunos,
pero yo sabia la verdad. Vivía del trafico de influencias, de sus rentas por
acciones en bancos, casas de bolsa. De sus patentes en medicina. De los favores
hechos a senadores, diputados y gobernadores. Yo era eso, el artífice de estos
grandes negocios.
A
mediodía me fui a comer. Decidí ir a comer con Mónica. Me pareció una falta de
respeto no hacerlo. Baje del edificio y camine hasta el Sanborns que esta sobre
avenida hidalgo. Entre al restaurante y la vi sentada ahí en una mesa. Se veía joven
y hermosa. A su alrededor la observaban lo mismo las damas que los caballeros
de otras mesas. Me acerqué a su mesa.
- Javier
- Heme aquí
- Pensé que no venías
- Pues sí, tenía bastantes pendientes
- ¿Tu? Pero si eres jefe
- Los jefes somos las personas más
ocupadas
- Que interesante
- ¿Te parece? Creo que somos más bien
aburridos
- En eso tienes razón – sonrió con una
sonrisa de un millón de dólares
- Soberbios, egocéntricos
- No te lo discuto, soltó la carcajada
- Oye, vine a que me insultaras
- No, viniste a comer con tu asistente
Comimos
y nos pedimos un par de tragos. Red Bull con vodka para mí, ella un coctel, por
supuesto le dije que yo no iba a comprarle sus pinches croquetas para su gato,
que las comprara ella.
- Oye, una disculpa, no pude comprarte tus
croquetas
- Whiskas
- Si, eso
- No te preocupes. Los hombres son muy
olvidadizos
- No lo olvidé
- ¿Entonces?
- No me gusta recibir ordenes
- No era una orden, era un favor
- Tampoco hago favores
- Creí que podía confiar en ti
- No lo hagas, yo no confió en ti
- Creo que eso me gusta – soltó la risa
- Si, porque
- Me gusta que dices lo primero que
piensas
Me
pareció que me estaba coqueteando. No lo había notado, pero la chica era guapísima.
Me gustaba sin duda. En Cienciologia teníamos un código de ética muy estricto
respecto a las relaciones fuera de nuestro matrimonio. El adulterio no era tolerado.
Pero era aun mas estricto para los miembros. Yo no era un simple miembro, era
el próximo SSR, el sucesor del líder en el país. El hombre mas importante de la
organización. Debería cuidarme de malinterpretar las risas de esta hermosa
chica.
Sin
embargo, era difícil, casi imposible no sucumbir a sus encantos. Ella, de sonrisa
perfecta, de voz alegre, mirada directa. Acaso me estaba yo engañando. Una
mujer tan atractiva puede confundir a cualquiera. Levante la mano y pedí la
cuenta. Poco antes de salir ella me tomo del brazo y pude sentir que me encantó
sentirla cerca.
Me
invadían ideas encontradas. Por un lado, iba a ser yo el hombre más poderoso
del país en la organización. Sin embargo, no podía darme el lujo de coquetear
con una chica que amablemente me invitaba a comer y que, seguramente me estaba
coqueteando. Que contrariedad. No mames.
Nos
detuvimos afuera del restaurante. Ella, expectante me miraba. Seguramente
hubiera aceptado cualquier propuesta, de haber tenido yo alguna. Me hubiera
encantado pedir un taxi y llevarla al hotel. Pasar la tarde con ella haciendo
el amor, o mejor aún, toda la noche. Si, lo sé, mi esposa. Tiene tanto que no
estoy con ella. Pero esto es distinto, es algo nuevo, una aventura. Peligrosa
sin duda, riesgosa, y eso la hace mil veces mejor. Por otro lado, ¿qué me lo
impedía? Sin duda perder mi puesto, mi oportunidad de ser el número uno del país,
mi matrimonio, mi familia, mi dinero, el poder.
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