Capitulo ocho. El Pecado
Capitulo 8, El Pecado.
Ella pareció dudar si
subir o no a la camioneta, más con un gesto asintió. Abrió la puerta se sentó
junto a mí. Debo confesar que tenerla en mi auto me excito. Tenía un aroma
suave y dulce y una mirada que me electrizaba.
- ¿Mónica,
te puedo llevar a alguna parte?
- ¿Conoces
de alguna tienda donde vendan comida para gato? –a mí me cagaban los gatos, así
que se le hice saber.
- No,
no conozco ninguna, ¿quieres que chequemos en el mapa?
- Se
de una, está cerca, ¿te parece si vamos?, -dijo mientras se acomodaba en el
asiento –me excitaba tenerla cerca, hubiera sido fácil tomarla de la mano y
besarla. Por otro lado, si pensaba que la iba a seguir con sus instrucciones de
dónde ir, prefería bajarla así mismo, a mí nadie me dice que hacer.
- Me
parece bien, es cerca me imagino
- Si,
mira toma por Insurgentes y yo te voy diciendo.
Así que tomé insurgentes,
pase eje cuatro sur, fue de frente, ella me dijo que siguiera hasta el eje
seis, que no estaba segura. A mí me empezó a encabronar no saber a dónde iba,
así se lo hice saber.
- ¿Estás
segura de que es por aquí? ¿Quieres que preguntemos?
- No,
vamos bien.
Pasamos eje ocho, llevaba
yo cuarenta minutos buscando una tienda con comida para gato. Por fin ella me
dijo
- Es
esta. Podrías estacionarte aquí.
- Detuve
la camioneta, a riesgo de ser arrollado por los cientos de vehículos que iban
pasando por la avenida. Ella descendió del vehículo y se perdió en una diminuta
tienda que parecía más una tienda de antigüedades que una donde vendieran
comida para gato.
Minutos después apareció,
traía dos bolsas con algo que parecían croquetas. Me sonrió desde lejos. Yo
estaba muy encabronado para reír, así que solo pude fingir una sonrisa.
- ¿Encontraste
todo lo que buscabas?
- Pues
aquí sí, la comida para gato
- ¿Y
se puede saber porque la compras hasta acá?
- Es
comida orgánica
- ¿Y
eso que significa?
- Pues
que es comida hecha sin dañar animales, que no tiene conservadores, todo eso. –
Me hubiera gustado tirarle sus dos bolsas que ya empezaban a apestar mi auto,
yo odio a los gatos y estaba a punto de tirarle sus dos bolsas y pedirle que se
bajara.
- ¿Te
llevo a otra parte?, atiné a decir como lelo
- ¿A
dónde sugieres?
- Podemos
tomar algo dije
- Javier
- Dime
- ¿Por
qué no lo dices?
- ¿A
qué te refieres?
- ¿Quieres
que yo diga lo que te corresponde decir a ti?
Me estaba coqueteando y yo
me estaba viendo como un cobarde, que pocos huevos pensé para mí.
- Dilo,
quiero oírlo
- Javier,
dijo Mónica, ¿tú me gustas, porque no nos vamos a otra parte?
No era la primera vez que
una chica me insinuaba un acostón o incluso me lo sugiriera como una invitación
directa, pero si era la primera vez en que se mezclaban en mí una alta dosis de
adrenalina, miedo a ser descubierto y terrible excitación ante una mujer
hermosa.
Así que sin más preámbulos
di la vuelta en Insurgentes, doble en eje ocho y regresé hasta avenida Reforma,
me estacioné en Reforma 222.
Mi trabajo me permitía
recibir donaciones de personas agradecidas con la organización por los favores
de poder que les brindábamos, personas muy ricas, políticos y empresarios. Uno
de esos favores era un hermoso departamento ubicado en el piso once de esta
torre. A veces venia yo, solo, me ponía a ver como caía la tarde, había mandado
cambiar todo el piso, le puse un hermoso piso de parquet de madera. Un piano
que nadie tocaba, yo no sabía hacerlo, pero que me encantaba verlo como se
dibujaba al fondo de la estancia viendo a la avenida.
Por las características de
la donación el departamento le pertenecía a Cienciología, pero, diablos, quien
se iba a enterar, yo no le diría a nadie, en los libros aparecía como oficina
reforma, a nadie se le ocurría preguntar que era o donde estaba. Yo tenía la
llave. Nadie más.
Deje el auto en la calle y
entramos al edificio. Era un edificio impresionante. Estaba decorado por su
misma arquitectura en acero y cristal. En el elevador introduje una llave.
Subimos al piso once. El elevador abrió las puertas justo dentro del
departamento.
- Javier,
¿dime que eres millonario?
- Lo
fui, de hecho, pero mis negocios se fueron al demonio
- ¿Y
ahora?
- Ahora
solo soy un pobre millonario
- Reímos
Por supuesto, el bar lo
había surtido completo, mandaba de tiempo en tiempo a mantener un surtido de
carnes frías y botanas, así como a tener un poco de todo. La gente tiene un nombre
en la cabeza, piensa que su tequila tiene una cualidad distinta, pero que
importaba. Había que darles gusto. Había whiskies, vino tinto, blanco. Me
acerque al refrigerador que estaba en la cocina y saque de ahí una charola con
queso y carnes frías.
- Que
te sirvo, le pregunte, puse las charolas en una mesa de centro y me fui a la
cantina.
- Lo
que tú tomes
- Serví
dos Buchanan’s reserva especial con hielo y agua mineral
Ella estaba parada junto
al balcón. Afuera se podía ver avenida Reforma, los autos pasaban a cientos
iluminando de líneas rojas y amarillas. Era una estampa fascinante. Las aceras
estaban tan iluminadas que parecía fuera de día y nunca fuera a anochecer. Los
paseantes veían sus teléfonos celulares y sus tabletas electrónicas o simulaban
tener una conversación en alguna banca.
- Javier,
¿sabes que me gusta, bueno, me excita de ti? –Hizo una pausa y se acercó
abrazándome del cuello- la gente con poder.
Nos besamos por un largo
rato. No tuve problemas en quitarle el vestido. Ella tenía la piel más blanca y
lisa que hubiera visto. La besé. Permanecí disfrutando el momento, abrazándola
a ella completamente desnuda y mirando la avenida.
Hicimos el amor en el
balcón. ¿Que si tenía miedo? Sin duda. Me sentía excitado, fuera de mí. Me
había encantado la chica. Después de terminar nos fuimos a la sala. Nos
quedamos un tiempo ahí, terminamos nuestros tragos, Servimos otros y comimos
algo. Ella no se preocupo por vestirse, cosa que agradecí. Un cuerpo tan bello
no merecía más que mostrase. Desnuda se sentó al piano y toco algo. Era
terrible por cierto. Yo no sé tocar, pero ella era pésima. Pero, debo decirlo,
¿acaso eso importaba? ¡Por supuesto que no! Su bello cuerpo se curvaba detrás
del piano. Sin duda me provocaba el deseo de volver a estar con ella ahí mismo.
Tenderla en la alfombra una y otra vez. Hacer el amor. Pero preferí esperar. El
sutil goce del deseo reprimido, sosegado por un toque de civilidad, del hombre
que controla sus impulsos. Asi que me acerque a ella y en el tono más amable le
dije lo terriblemente mal que estaba tocando esa estupenda pieza de Bach.
- Qué
bien tocas, mentí, ¿dónde aprendiste?
- Estudie
en un colegio de monjas, de la orden de las Adoratrices, yo tocaba siempre
después de la celebración de la misa. Tocaba Handel, Bach, también me gustaba
tocar en bodas.
Ella tocaba, era tan mala
que me hubiera encantado pedirle que se fuera. Al
final cedí y cantamos algo de Andy Williams, You are just too good to be true, can’t take my eyes off you.
Parecía que el tiempo no
transcurriera cuando uno es casi feliz. Íbamos de una canción a otra. Me sentía
tan bien en ese departamento, en ese lugar, con esa chica. La noche había transcurrido
en un instante. Eran las cinco de la mañana.
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